Antes de llamarnos asociación (II): un camino personal

Desde muy joven quise ser productor. Pero siempre viví la cultura desde un lugar muy marginal: el músico de calle, el creador musical DIY, la autoedición. Producir cultura desde ahí no es un plan de negocio, es una forma de vida.

El primer intento fue en el año 2000, con amigos de Ibiza. Montamos La Factoría del Sol: un espacio físico desde el que producir cultura, en una época en que internet aún no era lo que es. No duró más de dos años, pero produjimos obras, talleres, eventos, y por momentos nos sentimos muy realizados. Eso es una historia para otro día.

En 2017 lo intenté de nuevo. Esta vez solo, esta vez en Mallorca, esta vez con la idea de montar una empresa. Discos, libros, lo que viniera. En aquel momento todavía existía algo parecido a un mercado cultural reconocible: se vendían CDs, las plataformas digitales aún no lo habían devorado todo, y la idea de ganarte la vida produciendo cultura, aunque difícil, no sonaba a fantasía.

No lo fue.

Lo que siguió fueron años de descubrir que solo es demasiado difícil. Y no porque faltara talento o ganas, sino porque el terreno de juego está diseñado para gigantes. Multinacionales del entretenimiento, plataformas que monetizan el trabajo de otros, instituciones que reparten recursos según criterios que poco tienen que ver con la creación. Contra eso, un productor independiente en Mallorca no compite. Sobrevive, con suerte.

Mientras tanto, yo iba madurando. Entendiendo mejor mi entorno, mi isla, mis limitaciones y las del sistema. Hubo momentos en los que pensé en buscar cómplices, formar un colectivo, crear masa crítica. Pero en Mallorca — no sé si es una cuestión de época o de lugar — el hábito del coliderazgo no existe. O no lo encontré. No hay cultura de hacer juntos sin que alguien mande o sin que todo se diluya.

Entonces llegó la pandemia. Y lo cambió todo.

No voy a romantizar el confinamiento. Lo que vi a mi alrededor fue mucho dolor disfrazado de normalidad. Depresión enmascarada. Gente que perdió el norte y no lo ha recuperado. Y mientras tanto, los gigantes del entretenimiento digital no solo sobrevivieron: crecieron. Salieron de la pandemia más grandes, más dominantes, más inevitables. El mundo de la cultura se volvió un lugar más salvaje. Más hostil.

Con cincuenta años cumplidos, abandoné. No quise abandonar: abandoné. Y no es que quisiera jubilarme, que eso es otra cosa: te jubilas de algo que has hecho. Yo abandoné algo que no había llegado a desarrollar. Pasé página. Acepté que aquella idea de 2017 no iba a ningún sitio. Pero algo cambió. Si este mundo nos echa, que nos eche. Pero que no nos diga qué desear. Dejé de pensar en competir, en lucrarme, en demostrar nada. Y empecé a pensar en otra cosa: si alguien a mi alrededor necesita ganar dinero con lo que crea, que lo gane — para cubrir costes, para ser sostenible, para vivir. Y si alguien consigue lucrarse, fantástico. Pero ese no puede ser el requisito para crear, ni la medida del éxito.

Así que en vez de quedarme quieto, decidí retomar la idea — pero actualizarla. Con lo que sentía, con la visión que estaba adquiriendo después de años de golpes. Y entonces empecé a encontrar gente. Personas que sentían lo mismo, que también buscaban otra manera de hacer las cosas. Personas que tuvieron a bien mantener el nombre de la idea original — un nombre que había sobrevivido a todos los intentos, a todos los giros, a todos los abandonos. FreeVoices. Al principio era literal: un taller para encontrar tu propia voz. Con los años, sin cambiar ni una letra, empezó a decir otra cosa — voces libres, voces que nadie domina, que no necesitan permiso para sonar.

Juntos decidimos crear una estructura — orgánica, legal, real — desde la que ofrecer desarrollo, soporte y sostenibilidad a quien lo sienta. Un sistema donde las células puedan crecer por su cuenta, donde las personas puedan llevar sus proyectos del sueño a la realidad sin vender el alma en el camino.

Eso es FreeVoices. No nació de un plan de negocio ni de una subvención. Nació de ocho años de intentar, chocar, madurar, rendirse y finalmente entender que lo que hacía falta no era una empresa. Era otra cosa.

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